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Raúl… esto no se acabó

11 Febrero 2020 -  by Néstor Obregón Rossi

Cuando Raúl Alonso hizo llegar un mensaje de whatsapp, escueto y puntual, diciendo que su padre Raúl Serrano Arce había fallecido, fue como un golpe fuerte al alma y al recuerdo. Se estaba yendo el amigo, el maestro y el personaje con el que me fui involucrando desde adolescente en el apasionante mundo de las carreras de caballos.

Gran tipo Raúl. Gracioso, bonachón, culto. Viajero apasionado, había conocido muchos países y en cada uno aprovechaba para visitar sus museos y sus hipódromos. Compartía orgulloso esas experiencias y contaba las anécdotas con una pasión que despertaba en todos las ganas de estar allí.

Porque Raúl era un contador de historias nato. De esos que pocas veces encontramos en la vida. Y tuvimos la suerte de escucharlo seguido, cuando nos narraba los sucesos de una carrera de caballos. Con el mismo entusiasmo con el que contaba sus anécdotas, nos detallaba los hechos de una competencia hípica.

Con una técnica que él desarrolló por años, sus narraciones radiales llegaban al oyente de una forma limpia, con los datos precisos y la chispa inconfundible de quien llegó a ser un verdadero maestro de la locución.

Frases como “Y yaaaaaaa” (para dar inicio a una carrera), “patapúfete” (la jocosa palabra del humorista Pepe Biondi que Raúl acuñó como una exclamación para indicar su sorpresa ante un ‘golpe’ en el dividendo) o el famoso “Y esto se acaboooo” (para sentenciar el triunfo de un caballo que venía ganando lejos) quedaron fijas en el lenguaje burrero y se mantendrán vivas por mucho tiempo.

Escuchar Hablemos de Hípica, el programa Decano de la Prensa de turf en el Perú era ingresar a un mundo fascinante y apasionante. Las carreras de caballos adquirían otra dimensión con la voz de Raúl Serrano y de todo el equipo que él formó. Porque si ‘junior’ tenía una voz privilegiada, también tenía una visión precisa para descubrir talentos de la radiofonía y del turf.

Tuve la suerte de conocer a Raúl Serrano más de una vez. La primera, cuando una tarde lo sorprendí con una llamada telefónica a su casa y con la osada valentía de un adolescente de 13 años, le dije que había escuchado en su programa que él estaba dando la oportunidad a los jóvenes hípicos que desearan formar parte de su plantel y que quería probar suerte. Aunque Raúl se refería a ‘jóvenes’ que por lo menos hubieran terminado el colegio, me citó a la caseta y me dio la primera oportunidad de hablar frente a los micrófonos del emblemático programa.

Lo conocí nuevamente años más tarde, cuando forjamos una amistad que se hizo eterna, hablando siempre de lo que nos apasionaba: La hípica. Él decía que éramos las nuevas generaciones las que le daríamos un nuevo aire a la industria. Yo le respondía que prefería que los hípicos de antaño no se hubieran ido.

La hípica peruana ha perdido, sin duda alguna, a su voz más privilegiada y representativa. Al personaje que nunca calló decir lo que pensaba y siempre expuso, con argumentos y ejemplos, sus puntos de vista para mejorar cosas a favor del turf. Pero como todo maestro, dejó tarea. Y el mejor homenaje que podemos hacerle es cumplir con ese encargo. En el caso de Raúl Serrano, no habrá otra más que seguir hablando de hípica. Hasta siempre, maestro. Hasta siempre, amigo.

Modificado por última vez en Miércoles, 12 Febrero 2020 00:04